Las hojas anaranjadas
de los acres en otoño se habían convertido en pequeñas motas de
gris polución que se arremolinaban en las esquinas mugrientas de las
baldosas de aquel andén subterráneo. Estaba de pie, con las suelas
de mis botas bien pegadas al suelo, como si quisiera echar raíces
bajos el pavimento. Las palmas de mis manos se escondían en los
bolsillos de mis vaqueros, intentando enfriar los nervios que se
desprendían por los poros de la piel, humedeciéndolas.
Te vi llegar antes de
que te diera tiempo siquiera a poner un pie en la boca de la entrada
del metro. Observé de lejos tus andares despreocupados, como si el
encuentro conmigo fuera lo más natural del pedazo de universo que
compartíamos. Incluso fingiste sorpresa la segunda vez que tu mirada
reparó en mí; el único que te esperaba. Te acercaste sin un ápice
de cautela, con paso firme, casi estridente, haciendo que me
estremeciera por el ruido atronador de la tormenta que tu presencia
había desatado tras mis tímpanos.
Ni siquiera
consideraste parar en cuanto llegaste a mí, y yo no podía moverme,
porque parecía que finalmente había pasado a ser parte de la
suciedad imperecedera de las juntas. Aquel abrazo que me diste a
ciegas, cuando tus ojos se toparon con el rojo de mi chaqueta y tu
oreja detectó mis latidos, dejó tu olor atado a mis muñecas. Tal y
como pasó en aquel último momento que fue solo nuestro, y por un
momento, fue como si aún estuvieras ahí, conmigo.
¿Cuánto tiempo había
pasado sin ti?
Los centímetros que
tuvo que planear mi mirada para observar tus iris oscuros me gritaron
que demasiado. ¿Habían sido siempre del color del carbón? Según
los recuerdos que me habían visitado en las noches en las que el
sueño había brillado por su ausencia, tenían las tonalidades de la
oscuridad del abismo profundo.
Mi corazón hizo un
movimiento algo extraño, como si tropezara, como si una corriente de
aire repentina atravesara mi pecho, y se quedara atascada tras mis
dientes en un tartamudo saludo, mientras tú apoyabas tu cabeza en mi
pecho. El suspiro volvió a intentar bajar por mi garganta cuando tus
manos buscaron su lugar entre mis omóplatos y tu pelo se enredó
entre mis pestañas; pero quedó tortuosamente atascado por encima de
mi nuez. Comencé a ahogarme cuando separaste tu cabeza enfundada en
un millón de suaves hilos de cobre, y elevaste tu puntiaguda nariz
hacia mí, acusadora, recriminándome el que no me hubiera inclinado
a besarte en el momento justo.
Necesitaba un momento
para que todo el dolor que colgaba de mi cuello, justo por donde
caían tus manos, desapareciera. Pero no diste tiempo a que me
desembarazara de él; las grietas de tus labios, esculpidas por el
frío otoño, se colocaron sobre las mías, creadas por el frío que
tu marcha había causado en pleno agosto.
El ruido que hicieron
al entrechocar, como si a las bisagras de nuestras comisuras
estuvieran oxidadas, se oyó en las catacumbas de mi ventrículo
derecho, que se reanimó y mandó a mis brazos la sangre suficiente
como para que lograran apartarte de mí. Ahora me quemabas; ardía
como si aquel beso me hubiera devuelto algo que creía haber perdido:
la razón por la que nuestros destinos estaban escritos en lenguas
totalmente diferentes. Y tus pestañas entrechocaron, con la
indignación y el reproche haciéndolas temblar, mientras tu insulto
mudo quedaba silenciado por la voz ronca de la megafonía.
He de confesar que se
me cayeron tus recuerdos en aquella estación, bajo las vías, justo
cuando el último de tus reproches subía a aquel tren. Admito que tu
olor se lo llevó un pobre hombre que golpeó su hombro contra el mío
cuando ambos atravesamos a la vez un mismo corredor; supongo que aún
se estará preguntando de donde viene ese olor dulzón que parece
aprisionarle el pecho. Reconozco que olvidé las lágrimas que debía
derramar por ti bajo el banco del parque donde parpadeamos al unísono
por primera vez, en el que me senté para dejar salir aquel aire que
comenzaba a enterrarse en mis sienes. Te digo, sin ningún tipo de
tapujos, que la corriente fría que atravesó el portal cuando llegué
a casa fue la que se terminó de llevar tu caricia de mi espalda.
Aquel fue el día en
que me di cuenta de que el tiempo había pasado, que había escapado
de nosotros, como lo hizo aquella tarde todo mi pasado.
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